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La vuelta al trabajo después de las vacaciones

  • Foto del escritor: Jorge Reyes García
    Jorge Reyes García
  • 8 sept
  • 4 Min. de lectura

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El final de las vacaciones suele traer consigo una mezcla de sensaciones: desde la ilusión por retomar proyectos y encontrarse con los compañeros, hasta la pereza, la desgana o incluso la ansiedad al pensar en el regreso a la rutina laboral. Este fenómeno es tan habitual que tiene incluso un nombre: el síndrome postvacacional. No se trata de una enfermedad en sí, sino de un conjunto de síntomas emocionales y físicos que aparecen al volver al trabajo después de un período de descanso.


La vuelta al trabajo no tiene por qué ser traumática ni vivirse únicamente como un mal necesario. Existen herramientas y reflexiones que pueden ayudarnos a afrontar este proceso con mayor serenidad, motivación y equilibrio.


Parar a reflexionar antes de volver


Uno de los errores más comunes es regresar al trabajo como si no hubiera existido un período de descanso, es decir, retomar la rutina con el piloto automático. Sin embargo, el final de las vacaciones es una oportunidad excelente para detenernos a reflexionar. No se trata solo de pensar en lo que nos espera en la oficina, sino también en cómo queremos que sea este nuevo ciclo vital y laboral.


Preguntarse cosas como:

  • ¿Qué aprendizajes me llevo de este tiempo de descanso?

  • ¿Qué aspectos de mi vida laboral me gustaría mantener, cambiar o mejorar?

  • ¿Qué cosas fuera del trabajo quiero priorizar para que mi bienestar no dependa únicamente del ámbito profesional?


Este ejercicio de autoconciencia es clave para empezar con una base sólida y evitar caer de inmediato en la inercia de la rutina.


Elaborar una lista de objetivos realistas


Una estrategia práctica consiste en hacer una lista de objetivos para este nuevo periodo. Es importante que sean realistas y concretos, de modo que podamos medir avances y sentir satisfacción al cumplirlos. Además, conviene diferenciar dos niveles de objetivos:


1. Objetivos laborales


Aquí entran aquellos relacionados directamente con nuestro rendimiento y organización en el trabajo. Algunos ejemplos:

  • Mejorar la planificación semanal para evitar acumulaciones de última hora.

  • Dar un paso adelante en un proyecto pendiente.

  • Practicar la asertividad con los compañeros, aprendiendo a decir “no” de manera respetuosa cuando las demandas excedan nuestras posibilidades.

  • Revisar el orden de nuestro espacio físico de trabajo para favorecer la concentración.


Estos pequeños cambios generan una sensación de control y eficacia que reduce el estrés y aumenta la motivación.


2. Objetivos personales que impactan en lo laboral


No podemos separar por completo lo que ocurre dentro y fuera del trabajo. Nuestro bienestar personal influye directamente en cómo rendimos en el ámbito profesional. Por ello, resulta muy beneficioso marcar también metas como:

  • Practicar una actividad física que nos guste.

  • Recuperar aficiones que nos aporten disfrute y desconexión.

  • Reservar tiempo de calidad para la familia o amigos.

  • Iniciar hábitos de autocuidado como la meditación, la lectura o simplemente pasear sin prisas.


Estos objetivos externos al trabajo son los que, paradójicamente, más nos ayudan a afrontarlo con energía y buena disposición.


Establecer límites de manera reflexiva


Otro aspecto crucial es la gestión de los límites en el entorno laboral. Muchas personas regresan con la intención de no repetir errores del pasado, como aceptar cargas excesivas o involucrarse en conflictos innecesarios. Sin embargo, lo hacen de manera impulsiva, lo que puede generar tensiones.


La clave está en establecer límites de forma racional, razonable y planificada. Por ejemplo:

  • Definir qué horario es verdaderamente realista y comunicarlo de manera clara.

  • Identificar en qué tareas somos imprescindibles y en cuáles podemos delegar.

  • Acordar con los compañeros o superiores formas de comunicación más efectivas.


Poner límites no significa rechazar responsabilidades, sino cuidar nuestro bienestar para rendir mejor a largo plazo. Hacerlo de manera calmada y reflexionada evita malentendidos y fortalece las relaciones laborales.


El diálogo interno: cómo hablamos con nosotros mismos


Quizá uno de los aspectos más determinantes en la vuelta al trabajo sea el diálogo interno, es decir, aquello que nos decimos a nosotros mismos. Muchas personas no son conscientes de cómo los pensamientos repetitivos y negativos pueden transformar su experiencia laboral.


Frases como:

  • Antes de trabajar: “qué horror, no quiero volver”, “ojalá me pudiera jubilar ya”.

  • Durante el trabajo: “que se termine ya”, “no aguanto este sitio”.

  • Después del trabajo: “qué pocas ganas de ir mañana”.


Este patrón convierte el trabajo en un escenario constantemente asociado a emociones de tristeza, ansiedad o rechazo, incluso en días donde objetivamente no ha ocurrido nada negativo. Con el tiempo, este hábito mental puede minar el estado de ánimo general.

La solución no está en obligarnos a pensar en positivo de manera forzada, sino en aprender a identificar y reformular estos pensamientos. Por ejemplo:

  • Sustituir “qué horror volver” por “tengo la oportunidad de organizar mi semana y retomar poco a poco el ritmo”.

  • Cambiar “que se termine ya” por “voy a centrarme en terminar esta tarea y luego me daré un respiro”.

  • En lugar de “qué pocas ganas de ir mañana”, probar con “mañana retomo el proyecto que puede acercarme a un logro importante”.


Este tipo de reformulación cognitiva genera un impacto directo en las emociones y en la forma en que afrontamos el día a día.


Cuidar el bienestar emocional a largo plazo


Es importante entender que la vuelta al trabajo después de las vacaciones no se resuelve en un par de días. Es un proceso de adaptación que puede durar semanas. Por eso, conviene plantearlo como un entrenamiento a largo plazo en el que se combinen diferentes elementos:

  • Reflexión personal: detenernos a pensar antes de volver.

  • Planificación consciente: marcar objetivos laborales y personales.

  • Gestión de límites: aprender a poner freno a la sobrecarga de manera razonable.

  • Revisión del diálogo interno: cuidar cómo nos hablamos para cuidar cómo nos sentimos.


De esta manera, conseguimos no solo superar la transición de septiembre (o de cualquier otra vuelta tras un descanso), sino también sentar las bases de un estilo de vida laboral más equilibrado y saludable.


Conclusión


Volver al trabajo después de las vacaciones puede ser un reto, pero también una gran oportunidad para replantearnos cómo queremos vivir nuestro día a día. No se trata de eliminar las dificultades, sino de dotarnos de herramientas psicológicas que nos permitan afrontarlas con más recursos, menos desgaste y mayor motivación.


Al reflexionar, planificar objetivos equilibrados, poner límites saludables y cuidar nuestro diálogo interno, transformamos la experiencia laboral en algo más llevadero y, en muchos casos, más satisfactorio. El trabajo seguirá siendo una parte importante de nuestra vida, pero no tiene por qué convertirse en una fuente constante de sufrimiento. La clave está en aprender a relacionarnos con él de una manera más consciente y saludable.


 
 
 

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