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Vencer la procrastinación

  • Foto del escritor: Jorge Reyes García
    Jorge Reyes García
  • 20 oct
  • 5 Min. de lectura

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La procrastinación es un fenómeno tan común como frustrante. Consiste en posponer voluntariamente tareas o responsabilidades importantes, a pesar de saber que esa postergación puede traernos consecuencias negativas. No se trata simplemente de pereza o desorganización; la procrastinación es un comportamiento complejo, influido por factores emocionales, cognitivos y conductuales. Entender sus causas y aprender a gestionarla puede marcar una gran diferencia en nuestro bienestar y productividad.


¿Qué es la procrastinación?


Procrastinar no es solo “dejar para mañana lo que podemos hacer hoy”. Es un proceso activo de evitación, en el que la persona decide ocuparse de otras actividades (muchas veces triviales) en lugar de realizar aquella que considera importante, difícil o desagradable. Por ejemplo, un estudiante que limpia su habitación justo antes de estudiar para un examen, o un profesional que revisa una y otra vez el correo antes de iniciar un informe.


Esta conducta no implica falta de capacidad ni de interés. En realidad, suele tener un trasfondo emocional: el miedo, la inseguridad, la autoexigencia o el perfeccionismo pueden empujar a posponer una tarea como forma de escapar, temporalmente, del malestar que genera afrontarla.


Las múltiples causas de la procrastinación


No existe una única causa que explique por qué procrastinamos. Cada persona tiene su propio patrón, influido por la historia personal, el aprendizaje, la personalidad y las circunstancias actuales. Sin embargo, hay varios factores comunes que conviene conocer:


1. Modelos aprendidos en la infancia y adolescencia


La procrastinación puede tener raíces tempranas. Los niños aprenden observando las conductas de los adultos que los rodean. Si crecimos en entornos donde las tareas se dejaban para último momento o donde la planificación no se valoraba, es posible que hayamos interiorizado ese modelo. Por el contrario, si nunca recibimos mensajes claros sobre la importancia de la constancia y la responsabilidad, puede que no hayamos desarrollado estrategias eficaces de organización y autocontrol.


2. Falta de entrenamiento en la gestión del tiempo


Muchas personas nunca aprendieron herramientas concretas para planificarse. Sin una estructura clara, las tareas pueden parecer abrumadoras o confusas, lo que facilita que se pospongan. A veces, la procrastinación no es un problema de motivación, sino de falta de método.


3. Miedo al fracaso


El miedo a no hacerlo bien, a equivocarse o a no estar a la altura puede paralizar. Cuando la autoestima depende en exceso del rendimiento o de la aprobación externa, se tiende a retrasar el inicio de una tarea para evitar la posibilidad de fallar. Posponer se convierte, entonces, en una manera de protegerse del juicio propio o ajeno: “si no lo intento, no puedo fracasar”.


4. Perfeccionismo y autoexigencia


El perfeccionismo también alimenta la procrastinación. Las personas que esperan que todo salga impecable a menudo postergan porque sienten que aún “no están listas”, o que el momento ideal no ha llegado. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más se pospone, más crece la ansiedad, y cuanto más ansiedad sentimos, más difícil se vuelve empezar.


5. Intolerancia a la incertidumbre


Algunas personas necesitan tener todo bajo control antes de actuar. Sin embargo, la vida está llena de situaciones inciertas, y muchas tareas implican resultados imprevisibles. Si no aprendemos a tolerar esa incertidumbre, podemos quedar atrapados en la inacción: “prefiero no empezar hasta saber exactamente cómo va a salir”.


6. Recompensas inmediatas


Nuestro cerebro tiende a buscar placer inmediato y evitar el malestar. Cuando una tarea nos resulta aburrida, difícil o poco gratificante, es natural que elijamos algo más placentero en el momento —revisar el móvil, mirar una serie, hacer cualquier otra cosa—.La procrastinación es, en parte, un conflicto entre el yo del presente, que busca comodidad, y el yo del futuro, que sabe lo que realmente nos conviene.


Estrategias para vencer la procrastinación


Superar la procrastinación no significa eliminarla por completo. Todos posponemos de vez en cuando. El objetivo es reducir su frecuencia e impacto, aprendiendo a actuar incluso cuando no tenemos todas las ganas o certezas. A continuación, algunas estrategias efectivas:


1. Hacer una lista de lo que solemos posponer


El primer paso es tomar conciencia. Dedica unos minutos a anotar las tareas que tiendes a aplazar, grandes o pequeñas. Pueden ser llamadas, gestiones, estudios, proyectos o incluso conversaciones pendientes. Verlas por escrito ayuda a ponerles nombre, a concretarlas y a entender qué tienen en común: ¿te resultan aburridas, difíciles, inciertas? Esa información es clave para intervenir.


2. Establecer objetivos diarios y alcanzables


Cada noche, escribe dos o tres objetivos concretos para el día siguiente. No se trata de grandes metas, sino de acciones pequeñas y realistas que te comprometes a no posponer. Cumplir con estos pequeños pasos genera sensación de control y refuerza la confianza en tu capacidad de actuar.


3. Reconocer cuándo no procrastinas


A menudo, nos enfocamos en lo que no hacemos bien y pasamos por alto lo que sí logramos. Observar las situaciones en las que sí consigues empezar y mantenerte activo permite identificar estrategias personales que ya funcionan. Pregúntate: ¿qué me ayudó a hacerlo en ese caso?, ¿puedo aplicarlo en otras áreas?


4. Aceptar la imperfección


Uno de los mayores aliados de la procrastinación es el perfeccionismo. Recordarte que no todo saldrá como esperas te libera para actuar. Asumir que cometer errores es parte del proceso reduce la ansiedad y facilita empezar. Haz de la acción tu prioridad, no de la perfección.


5. Aprender a convivir con la incertidumbre


Antes de iniciar una tarea, es habitual querer tener todas las variables bajo control. Sin embargo, muchas veces la única manera de saber cómo saldrá algo es empezando. Aceptar que no podemos prever todos los resultados disminuye la rigidez y nos permite movernos con mayor flexibilidad.


6. Reforzarte por los logros


La motivación no aparece por arte de magia: se construye reforzando las conductas que queremos mantener. Cada vez que consigas hacer algo que solías posponer, detente un momento y felicítate conscientemente: “bien hecho”, “he dado un paso importante”. Además, puedes asociar pequeñas recompensas a esos logros: escuchar música, ver una serie, salir a caminar o darte un pequeño gusto. Estos refuerzos positivos consolidan el cambio de hábito.


Un cambio gradual y posible


Vencer la procrastinación no es cuestión de fuerza de voluntad, sino de autoconocimiento y entrenamiento. Requiere aprender a reconocer las emociones que la desencadenan, a estructurar mejor el tiempo y a tratarnos con amabilidad. Cada pequeño avance cuenta. La clave está en no esperar el “momento ideal” para empezar, porque ese momento probablemente nunca llegue. Empezar, aunque sea con un paso mínimo, es lo que transforma la inercia en movimiento.


La procrastinación no define a una persona; es una conducta que puede modificarse con comprensión, paciencia y práctica. Comprender sus raíces —ya sea en modelos aprendidos, miedos, perfeccionismo o simple falta de entrenamiento— permite abordarla desde una mirada más compasiva y eficaz. Y recordar que cada acción cuenta, por pequeña que parezca, es el camino más seguro para construir hábitos de responsabilidad, confianza y bienestar.


 
 
 

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